El Bicentenario me llevó a pensar en mi historia personal, no son tantos años, como para que no intentemos, por lo menos en lo que a mi respecta, volver un poco más de cien años para atrás en la familia de cada uno de nosotros. Y estar así un poco más cerca de lo que se tanto se habla por estos días del “Bicentenario”. Una manera sentirnos todos un poco más protagonistas de este próximo homenaje…
Como ciudadana adulta, me siento con la responsabilidad de, por lo menos, iniciar este espacio, con la esperanza de provocar alguna toma de conciencia, porque me considero parte responsable de esta realidad nacional y comprometida con ella.
Observo muy a menudo como el común de los habitantes de grandes ciudades como Buenos Aires, descalifica el vocablo “historia”. Hago hincapié, en “grandes ciudades”, porque transitando el interior del país la sensación es completamente distinta.
Pero volviendo a la descalificación del vocablo y todo lo que ello significa, es que me lleva a pensar que, tal vez sea esta una de las razones de nuestra realidad.
Tal vez ese descrédito por el término “historia” y su significado, haya contribuido de algún modo a convertir esta realidad que vivimos en algo que nunca desearon nuestros antepasados.
Sin la intención de retroceder demasiado en la “historia”, haciendo un enfoque más cercano, me refiero a la historia que vivieron nuestros abuelos o bisabuelos; a la historia de nuestra comunidad, de nuestro entorno. A esa historia que nos da identidad, que nos identifica.
Me pregunto ¿Cuánto sabemos en verdad de nuestros antepasados?
En muchos casos me atrevería a decir que “muy poco” por no decir “casi nada”.
Estoy convencida que uno de nuestros grandes problemas es el desconocimiento de nuestras “raíces”, esa carencia de “arraigo” indispensable para involucrarnos completamente con la recuperación de nuestra Patria.
Actualmente en cualquier charla informal con españoles, mexicanos, colombianos, europeos o la nacionalidad que sea, sobre la familia, se reconoce de inmediato cuan presente tienen a cada uno de sus antepasados, conocen de sus historias personales, cómo vivían, a qué se dedicaban, cómo llegaron hasta allí, y lo cuentan con agrado, con entusiasmo y hasta con orgullo.
En cambio en Bs As ocurre todo lo contrario, a veces hasta se ocultan datos por el solo hecho de guardar las apariencias, o quien sabe, tal vez sea imaginar un simple bochorno.
Cuál habrá sido la razón de esta actitud, casi generalizada? Porqué no sentir la necesidad de respetar y hacer respetar a nuestros antepasados? Si, ellos no fueron ni peores, ni mejores que generaciones de otras partes del mundo, pasadas y actuales?
Decidir olvidar nuestras raíces, no nos ha transformado en ciudadanos de mejor calidad ni mucho menos, muy por el contrario, hemos involucionado como personas, nos hemos vulgarizado de manera escandalosa.
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